Era el verano del 2005; empezaba 5º año del secundario en un lejano marzo, pero en el caluroso enero aún estaba muy ajena a ello.
Las vacaciones, como siempre, transcurrían con mi familia en un campo que tenemos a 100 km de la ciudad. Es un lugar especial, de chica lo odiaba porque me perdía cumpleaños y fiestas por ir allá los fines de semana, pero con el tiempo aprendí a quererlo. En realidad hoy por hoy no me imagino cómo serían mis vacaciones sin esos largos eneros entre primos, ni esas cabalgatas bordeando el río, o ese cielo lleno de estrellas! ¡Podría escribir un libro entero sólo hablando de Santa Clara! Así se llama, la estancia y el pueblo que se fue formando a su sombra; a la estancia la compró un viejo antepasado y ha permanecido en la familia desde entonces, heredándose tantas veces que ya no puedo decirles los apellidos de todos los dueños, ni conozco a todos mis parientes... ¡todos los veranos se "descubre" a alguien nuevo!
Bueno el verano del que les hablo fue el de "mi" descubrimiento. He ido a Santa todos los veranos de mi vida, pero siempre me juntaba con mis primos o llevaba alguna amiga para no aburrirme, es decir que no conocía a nadie... Una tarde, estando en el único bar del pueblo comprando golosinas, entra una chica que también pasaba sus veranos ahí con su familia pero que nunca había saludado... era de esas personas que sabes que existen pero que no conoces... y sin pensarlo mucho me acerqué y le dije:
- Hola! Me llamo Petu, siempre te veo por acá, ¿veraneas acá no?
Y ese fue el puntapié que necesitaba, a partir de ahí casi que automáticamente quedé incluida en el grupo santaclarense! La chica se llamaba Rocío, era unos años mas chica que yo y tenía una hermana que me llevaba un año, me presentó a sus amigos de veraneo y yo a mis primos y así se formó la banda: ¡eramos como 15 o 20! y las edades iban desde los 25 hasta los 16, ¡o menos!
Ese verano fue mágico... organizamos una cabalgata para ir a una cascada en medio de las montañas, era sólo para "primos" (como nos decíamos entre nosotros porq, por algún lado, ¡éramos parientes todos!), y para hacerla más llevadera íbamos cantando canciones, haciendo carreritas o juegos al estilo... me acuerdo que el agua de la cascada era helada porque, al ser agua de manantial, venía del centro de la montaña, pero igual nos tiramos y nadamos!
Para la vuelta se nos hizo tarde y la noche se nos vino encima, todos apuraban el paso porque era noche de cuarto creciente y no había mucha luz, pero mi caballo andaba medio manco asique me quedé rezagada... venía charlando con uno de los chicos, un rastudo rubio y de ojos celestes y alma de gaucho, se llamaba Claudio, había empezado y dejado varias carreras, le gustaba la música folklórica y tocar un tambor peruano que él mismo se había hecho... no puedo describir a Claudio en unas pocas líneas, creo que porque ni él sabe todavía como definirse, pero me atraía demasiado su forma despreocupada de hablar y de andar, sus ojos, sus rastas ¡y la sensación de libertad que transmitía el estar con él!
Empezamos a cantar canciones infantiles sin ningún tipo de inhibiciones, ¡gritando más que cantando! y de ahí ya no hubo verguenza para nada, hablamos de relaciones, de la luna y las estrellas, de la vida y de la muerte... y no se cómo pero en dos minutos estaba en casa desensillando el caballo.
Habíamos quedado en juntarnos todos los de la cabalgata en la estancia vieja para hacer un asado, asíque hacia allá fui... Como siempre llegué medio tarde, pero en este caso me convino porque ya casi estaba listo el asado y no tuve que contener tanto tiempo a mi crugiente estómago! Mientras devorábamos algunos sacaron la guitarra y empezaron las canciones, Claudio sacó su tambor y empezó a marcar el ritmo! estábamos cada uno en una punta opuesta del fogón, Claudio estaba semi-parado, golpeando el tambor que tenía entre las piernas mientras el fuego iluminaba justo su cara de indio concentrado... no podía dejar de mirarlo...
Después de un rato nos hartamos de las canciones y cada uno se centró en su charla... Claudio vino a sentarse al lado mío y seguimos la charla de esa tarde, pero después de un rato me reclamó que le hiciera "los masajes que había prometido" (léase: preguntó si sabía hacer masajes cuando estábamso andando a caballo, dije que sí, y él lo tomó como promesa a reclamar), me hice un poco la dura al principio... asíque empezó por hacerme masajes él a mí! jaja y después obvio que no me quedó otra que hacerle yo también!
La noche se pasó rápida y sin que pasara nada de nada..
As time goes by...
Hace 14 años
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